viernes , 23 de agosto, 2019

Informe Especial: El “Fiel” reflejo de un estilo de hacer política

La problemática de los barrabravas, ahora nuevamente en el ojo de la tormenta por el asesinato del joven Jonathan Villegas, es tan compleja como de larga data.

El problema no es que existan grupos de personas inadaptadas a la sociedad, que ejerzan la violencia de manera sistemática y que se nucleen de acuerdo al equipo al cual alientan. Tampoco es un problema que entre ellos se generan grescas de características brutales por diferentes motivos: las internas, por disputas de poder; las externas, en busca de validar dicho poder frente a otras facciones.

Incluso existe interesantísima bibliografía al respecto, como por ejemplo “Haciendo amigos a las piñas”, un minucioso estudio antropológico de Garriga Zucal, quien luego de haber convivido cuatro años con la barrabrava de Huracán pone al desnudo no sólo la manera en la que suceden todos los procesos inherentes al desarrollo común y cotidiano de estas organizaciones, sino también la trama significativa en la que se ven envueltos, los sentidos que adquieren para los actores de los distintos niveles de la barra.

Pero no son esos los problemas. O mejor dicho, sí lo son, pero no parecen ser los centrales.

Si un grupo cualquiera de personas se agrupan con fines delictivos se trataría, en principio, de una asociación ilícita. Según el tipo de delitos, según las modalidades con que sean realizados, y otras variables se presume que este tipo de asociaciones tiene una vida útil. En un sistema que funcione correctamente, después de un tiempo serían atrapados, enjuiciados y condenados, con el agravante propio de haberse asociado con fines criminales.

Cuando la situación es similar –un grupo de personas asociadas a tal fin- pero existe connivencia con los poderes, se trata de crimen organizado. Es lo que en criminología diferencia a cualquier tipo de crimen, del organizado: la coparticipación con distintos estratos o facciones del poder en general o ligadas a él (poderes ejecutivos, legislativos, judiciales, fuerzas de seguridad; locales, nacionales, regionales, mundiales).

A modo de ejemplo, basta ver “El Padrino” de Francis Ford Coppola, o “Los Intocables” de Brian de Palma, donde los directores –es sus diferentes estilos- ponen sin embargo el acento en lo mismo: no es posible construir el poder criminal por encima de cierto nivel sin la colaboración –en mayor o menor medida- de los aparatos de poder.

Entonces retomando la cuestión de los barras, se sabe que no sería posible su funcionamiento sin su asociación o connivencia con los distintos estratos del poder, o al menos no sería posible de la manera impune en que se lleva a cabo en nuestro país.

Son secretos a voces muchos de los lazos entre estos grupos con dirigentes de los clubes, con representantes de jugadores, incluso con técnicos y con los mismos jugadores en todo el país. Se conocen aristas referentes al lenguaje utilizado para enviar mensajes, como por ejemplo cuando las barras colocan las banderas al revés; se sabe qué pasa –y con qué nivel de impunidad- cuando un dirigente intenta cambiar algo del status quo, para lo cual podemos tomar como referencia el caso de Cantero en Independiente y la amenazas públicas que recibió; se conocen estrechos vínculos entre personajes da la política y el uso de estos grupos con distintos fines, para lo cual podemos citar el caso de Barrionuevo y la barra de Chacarita; y la lista es interminable.

Pero se embarra más aún la cancha cuando esto llega a un nivel más arriba, cuando parece no haber límites y en lugar de un estado que prevenga, investigue y reprima –en ese orden- este tipo de organizaciones y sus interrelaciones, las cobija, las premia, las homenajea.

Los dos casos que parecen ser más resonantes y con mayores niveles de condena social son, a nivel nacional, el recordado viaje de una agrupación de barras a Sudáfrica con motivo del Mundial de 2010, aparentemente facilitado por el gobierno; y, a nivel local, el pomposo homenaje a “La Fiel”, por nada menos que su “lucha contra la violencia”.

Hay un peldaño que se sube, hay una apuesta más fuerte, porque ya no se trata de secretos a voces, ni de situaciones que se intentan esconder. Se trata de devolución de favores de manera pública, impunemente, a la vista de todos, con los recursos de todos, y en nombre de todos.

Este último caso tuvo una condena social contundente a raíz del ya mencionado asesinato del joven que implica a algunos de los homenajeados, a lo que se suma además la amenaza de muerte denunciada por el periodista “Lagarto” Guizardi, a raíz de lo cual el bloque oficialista reconoció que cometió un error, se anuló el homenaje, se pidieron disculpas.

Pero, ¿modifica esto algo de manera estructural? ¿Hay voluntad política de realizar algún cambio de raíz? Las preguntas serán respondidas por los hechos, pero un anticipo es la posición de Alessandri, impulsor del homenaje, quien afirma –rayando el sarcasmo- que el homenaje fue a la ONG “La Fiel”, y no a la barra, aunque estén conformadas por las mismas personas.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *