miércoles , 18 de septiembre, 2019

Se desarticula el mundillo mediático del relato K

Con la despedida de 6, 7,8 de la TV Pública culmina la presencia de los programas K al aire, pero… ¿continúa el periodismo militante?

Tras 12 años de gobierno kirchnerista nadie puede negar que el gran bastión construido por el matrimonio sureño fue el relato.

Primero la información estatal, luego las agencias de noticias y, por último, el periodismo militante. Si bien nadie espera que la objetividad de las personas los predisponga a una visión centraba, neutral, ya que cada uno lleva consigo un  framing que los direcciona hacia determinados análisis, la mirada crítica que caracterizó al periodismo argentino por décadas parece haber sufrido una “metamofosis” y, como las aguas de Moisés, dividirse en dos.

La batalla mediática que encabezó el kirchnerismo contra Grupo Clarín, no hizo distinción alguna entre periodistas, técnicos o programadores; entre empleados o accionistas. Sólo se enfocó en levantar las banderas contra las corporaciones, los grupos hegemónicos y, desestimando la tan preciada palabra, se comenzó a acusar al periodismo crítico de revestir “la realidad” o, en otras palabras, de mentir.

En la cabeza de los repetidores y aplaudidores K, el periodismo independiente, crítico o ajeno a los lineamientos del “proyecto nacional y popular” compartía la escala con aquellos personajes que, constitucionalmente hablando, por la división de poderes, eran quienes deberían seguirle los pasos de cerca los mandatarios nacionales. Eso mismo, políticos y periodistas, idóneos, especialistas o académicos, contaban con una caratula dura de llevar, aquella de opositor. En este punto, la jugada el matrimonio santacruceño significó nuevamente una nueva construcción del relato, donde la oposición principal (Grupo Clarin) no podía competir electoralmente, y donde los políticos se veían avasallados por el avance K en todos los terrenos simbólicos, levantando banderas que hasta al peronismo ortodoxo le significaban incómodas.

Pero nada parece haber incomodado a quienes venia “por todo”.

Tras la sanción de la Ley de Medios y las siguientes intimaciones del Estado a Grupo Clarín para su pronta adecuación, las miradas se dirigieron hacia los cruces judiciales de uno y del otro, pero nadie veía que ocurría del otro lado del terreno.

Mientras el Gobierno nacional pedía por la desarticulación de las licencias del grupo mediático opositor, amigos y empresarios afines copaban las nuevas licencias… Allí se comenzaba a construir el nuevo gran grupo hegemónico, aquel de los medios estatales.

Pero, una vez más, volvemos a la primera cuestión: el periodismo militante.

Lo cierto es que los últimos meses de gobierno kirchnerista estuvieron marcados a fuego por una militancia que enarboló  más que nunca el capital simbólico construido en los últimos 10 años.

Respetuosos de su identidad política y no de la noticia misma, varios canales titulaban “ABRUMADOR TRIUNFO DE DANIEL SCIOLI EN PRIMERA VUELTA”, aquel 25 de octubre o, nada más ni menos que “ANIBAL FERNANDEZ GANÓ EN LA PROVINCIA”.

Se agotó la cinta

Con tiempo aun para la autocrítica, el kirchnerismo tendrá muchas ocasiones para la revisión de los resultados electorales que definieron el cambio del proyecto. Mientras tanto, la tarea de muchos aquí será repensar en la responsabilidad que implica la labor periodística.

Ayer, la TV Pública, emitió el último programa del polémico 6, 7, 8.

El programa militante por excelencia se despidió con  una comunicación telefónica con el diputado nacional Máximo Kirchner y contó con la participación del exministro de Economía Axel Kicillof.

Con un público que sostenía carteles con consignas como “678 no se va” y con el #678VamosAVolver como trending topic en Twitter a nivel nacional, el programa se despidió del canal de aire con rumores de su paso al cable.

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