miércoles , 13 de noviembre, 2019

“El kirchnerismo genera un rechazo cada vez más firme en la sociedad”

El polémico crítico cultural Eduardo Antín, más conocido como Quintín, analizó en diálogo con Infobae el panorama político y aseguró que el oficialismo muestra signos “evidentes” de agotamiento. Críticas a Beatriz Sarlo y reivindicación de la protesta ciudadana.

A horas del aplastante triunfo que le otorgó el tercer mandato consecutivo a Rafael Correa, el presidente ecuatoriano proxy de la Revolución Bolivariana (ella misma un proxy de la Revolución Cubana), Quintín escribió en su cuenta de Twitter: “Evidentemente, el totalitarismo fascista descubrió en el siglo XXI la manera de llegar al poder por elecciones. Es un problema complicado”.

Tuits afilados, lúcidos y alarmistas como ese son los que convierteron a Quintín (ex profesor de matemáticas, ex juez de línea, ex director del BAFICI; actual columnista de Perfil) en uno de los más influyentes analistas políticos en 140 caracteres de la Argentina, despertando la admiración y la inquina de una elite tuitera que solo le tiene reservado el mismo trato reverencial y odio reverencial a otro polemista tiempo completo, el escritor y genio perverso Jorge Asís.

Claro que Quintín (nombre real: Eduardo Antín) ya inspiraba temores y respeto veinte años atrás, cuando estaba al frente de la ahora fantasmal revista El Amante, la publicación responsable de transformar desde sus páginas al rancio cine argentino (la carrera de Eliseo Subiela nunca se recuperó de una brutal tapa que lo identificaba con “lo malo”) y crear un movimiento a partir de sus postulados estéticos: el llamado “nuevo cine argentino”, compuesto de autores ahora consagrados como Pablo Trapero y Adrián Caetano.

En una entrevista vía mail con Infobae, Quintín, quien reside hace una década en la localidad de San Clemente junto a otra histórica de las épocas de gloria de El Amante, Flavia de la Fuente, hace una defensa del Perón vuelto del exilio, advierte la intención del kirchnerismo de perpetuarse en el poder, y hasta reivindica el reciente abucheo al viceministro de Economía Axel Kiciloff.

-Hace poco usted escribió que se sentía que el kirchnerismo estaba por llegar a su fin. ¿Qué señales percibe para hacer esa afirmación?

No sé si no fue más bien una expresión de deseos. Pero, de todos modos, creo que el kirchnerismo, a pesar de su enorme poder, muestra signos muy evidentes de descomposición: se ha vuelto ineficaz, hace un enorme desgaste de energías ante cada situación, sobreactúa la mentira, la obsecuencia y la agresividad. Y su gestión, que va comprometiendo la economía, va generando un rechazo cada vez más firme en la sociedad. Hoy, solo lo defiende con fervor el núcleo más fanático y comprometido con la estructura militante.

-¿Piensa que de todas formas el oficialismo buscará reformar la Constitución o que paulatinamente los kirchneristas buscarán correrse hacia Scioli? ¿Cómo vislumbra ese posible escenario post-Cristina?

No hay duda de que el oficialismo buscará la reforma de la Constitución u otro mecanismo para perpetuarse en el poder. No veo que Scioli, ni ningún candidato que no pertenezca plenamente al aparato les resulte confiable. En ese sentido creo que Massa, cuya identidad ideológica es un misterio, puede resultar más potable para el kirchnerismo duro.

-Al revelar que votó a Macri en el ballotage por la jefatura de la Ciudad del 2011, usted confesó que nunca pensó que votaría por un candidato “no progresista”. ¿Piensa entonces que cualquier alternativa es preferible al kirchnerismo?

Creo que cualquier político democrático y republicano es mejor que un kirchnerista. En América Latina, la disyuntiva es dictadura populista/leninista o república. En otro contexto (digamos una democracia europea, o en Chile, por ejemplo) yo tendería a votar por la centroizquierda. Pero buena parte de la centroizquierda argentina, que coquetea con Chávez, ama a Fidel Castro y no está del todo convencida de los valores republicanos (y por eso cree que Cristina es mejor que Macri, mientras que yo creo que tanto Macri como Binner son preferibles al kirchnerismo) no es una alternativa muy atractiva.

-Fue uno de los pocos personajes públicos en salir en defensa de quienes abuchearon a Kicillof en Buquebus y hasta propuso hacer una remera que dijera “Yo escraché a Kicillof”. ¿Por qué cree que eso fue algo que debía ser vindicado y no criticado, como hasta casi toda la oposición, con la excepción de Elisa Carrió, hizo?

La hipotética remera no decía eso sino “Yo abucheé a Kicillof”. Estoy profundamente en contra de los escraches como eventos organizados (y más desde el poder) pero el abucheo a un funcionario tan poderoso, tan prepotente y tan irresponsable como Kiclillof me pareció un acto magnífico, que mostró espontáneamente el rechazo y la bronca al gobierno. Como en el caso del 13 de septiembre, buena parte de la oposición política y del periodismo independiente salió inmediatamente a desmovilizar, se indignó con excusas pueriles con la manifestación natural y pacífica de esos ciudadanos. Cuando, en realidad, fue una señal importantísima hacia el poder y el resto de la ciudadanía, un síntoma del deseo de resistir a un gobierno cada vez más despótico, que abusa de las instituciones y de la población. Elisa Carrió tuvo razón en solitario, como tantas otra veces.

-Suele ser muy duro con algunos colegas cercanos o alguna vez cercanos a usted, como Beatriz Sarlo y Tomás Abraham, a quienes les reprocha adoptar posiciones políticas “ambiguas”. ¿Cree que secretamente admiran al kirchnerismo?

Con Abraham y Flavia de la Fuente, mi mujer, empezamos un blog (La lectora provisoria) pero Tomás se fue al año, entre otras cosas porque él sostenía a Dante Palma en la redacción. Después quedó muy claro que Palma era un sofista en busca de un empleo oficial. Tomás es un tipo muy inteligente, a veces brillante, pero no tiene un pensamiento siempre consistente. Le gusta demasiado sorprender y el poder solo le repugna a veces. A Sarlo la traté personalmente pero nunca formé parte del mismo espacio político ni intelectual que ella. Hoy me decepciona mucho su posición de espectadora o de árbitro que encuentro muy frívola, y me hieren sus palabras de admiración por Kirchner y por Chávez. Es como si Sarlo hubiera apostado con Laclau en un café a ver si triunfa la dictadura o la democracia, pero es una apuesta amistosa, cordial, entre intelectuales narcisistas.

-Usted se define hasta el día de hoy como peronista. ¿Hay algún candidato dentro del peronismo actual que lo seduce? ¿Qué opción tiene en mente apoyar en las elecciones legislativas de octubre?

Yo tengo una gran admiración por Perón. Para mí, su proyecto siempre fue socialdemócrata y en los 70 viró hacia una posición mucho más republicana, alejada de las componentes autoritarias de su primer gobierno. Pero las dictaduras llenaron al peronismo de orgas más o menos leninistas (armadas, sindicales, políticas como Guardia de Hierro) y hoy siguen ahí, siempre preparadas a “ir por todo”. Para mí, o el peronismo tiene un destino republicano o será definitivamente deglutido por una opción totalitaria. Me molesta, por otra parte, que muchos que se dicen republicanos —con quienes coincido en la oposición al kirchnerismo— sean antiperonistas rabiosos, casi de la Revolución Libertadora. Entre los dirigentes peronistas actuales, Julio Bárbaro expresa muy bien esa necesidad de que la alternativa contra el kirchnerismo empiece por un acuerdo entre los partidos republicanos en la que el peronismo no puede faltar. Igual pienso votar a Carrió, que es necesaria en el Parlamento. Soy lilista-peronista.

-Además de crítico literario y analista político (y ex juez de línea y profesor de matemáticas…) usted es uno de los más prestigios, si no el más prestigioso de los críticos de cine en la Argentina. ¿Tuvo la oportunidad de ver el documental sobre Néstor Kirchner? O al menos la versión original de Caetano, un conocido suyo de las épocas de la revista El Amante?

No, preferí no verlo. Tampoco le quise pedir a Caetano que me muestre su versión. Fue todo muy bochornoso lo de la película. Una mezcla típicamente kirchnerista entre propaganda del régimen y negocios poco claros de los productores con el Estado. Al final, con un estreno de proporciones absurdas, no lograron que tuviera éxito ni regalando entradas, ni apretando a los intendentes para que llevaran a la gente. Esas cosas están más allá de la crítica de cine: forman parte de la picaresca y del desprecio por los espectadores.

– El Amante fue clave en su momento en la aparición de una nueva camada de directores, así como en la formación de estudiantes y la renovación del gusto cinéfilo ¿Cómo juzga la actualidad del cine argentino?

No puedo juzgar la importancia de El Amante en ese sentido. Tampoco todos los que hacíamos El Amante en los 90 pensábamos lo mismo. Personalmente, creo que el gran director argentino de estos años es Lisandro Alonso. Su obra hasta el momento me parece muy lograda, aunque ahora creo que llegó a una impasse en su carrera. Trapero me parece que sigue teniendo un gran talento, pero me gustaría que fuera menos comercial.

– ¿Hay algún director argentino por el que se hayan jugado y cuya carrera posterior los decepcionó?

Nos equivocamos (me equivoqué) unas cuántas veces. Por ejemplo, con Alejandro Agresti: cuando lo conocimos creímos que estaba en el punto de despegue de su carrera, pero en realidad estaba en su ocaso creativo. Martel creo que todavía va a dar que hablar, aunque no soy un fanático de su cine. También pienso que el grupo alrededor de Llinás está un poco sobrevalorado. Pero hay que decir que es muy difícil sostener una carrera en el cine actual en cualquier parte del mundo, aunque en la Argentina se agrega cierta autoindulgencia del medio: hay demasiadas películas hechas solo porque pueden conseguir un subsidio del Incaa.

-¿Está de acuerdo con la opinión del director del Festival de Cannes, Tierry Frémaux, de que el cine argentino se suicidó?

Frémaux quiere para Cannes películas espectaculares, truculentas, con estrellas internacionales, con grandes temas y el cine argentino de estos años, más allá de los juicios de valor, es más bien discreto, sin grandes estridencias. No me parece que haya que hacer cine para complacer al señor Frémaux. Fuente Infabae

 

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