jueves , 19 de septiembre, 2019

De la Sota abrió la puerta de su despacho y un empleado público fue a venderle comida

Los dolores de cabeza del nuevo gobernador por no encontrar funcional al Centro Cívico se acentúo días pasados.

En la ex Casa de las Tejas, muchos de los empleados se las rebuscaban vendiendo cosas.
Al mejor estilo de La Salada, algunos ofrecían ropa, otros bijouterie, tortas de bautismo, viajes, etc. El rubro más solicitado era la comida diaria, que contaba con una cartilla de menú bastante extensa para todo tipo de paladar.

El nuevo centro Cívico, no es ajeno a estas cuestiones y mientras los ministerios y secretarias se acomodan, también lo hacen los quioscos internos, apoyados por la falta de cantina o buffet en el edificio – para comprar algo hay que saltar el charco e ir del otro lado del río o cruzar el peligroso Bv. Guzmán para hacerlo en una estación de servicio abarrotada de taxistas y remiseros refrescándose.
La semana pasada, en uno de los días de mayor calor, un agente del estado provincial iba oficina por oficina entregando volantes de sus exquisiteces y se encontró con una sorpresa. Cuando terminó de hacerlo en el panal, siguió por los dos lagos artificiales, entró por una puerta, subió una escalera, giró a la derecha, saludó a unos policías que “custodiaban” el lugar, llamó un ascensor y subió.
Cuando la puerta se abrió, estaba nada más y nada menos que en el despacho del gobernador De la Sota quien lo miró sorprendido y sólo pudo responder: “No, por ahora no”. La pregunta había sido muy clara: “¿Quiere comer algo gobernador? Tengo de todo”.
El hombre bajó, hizo el mismo recorrido y salió.

Minutos más tarde se ordenó duplicar la cantidad de efectivos en las puertas y accesos al panal y un fuerte reto al jefe de seguridad del edificio. El episodio fue sólo anecdótico y digamos cómico, dijo De la Sota. Pero ¿qué pasaba si no era un vendedor y lo agredían?.