miércoles , 24 de julio, 2019

Opinión: La burbuja argentina desde el 2003. Por Pepe Zumarán

Es común oír hablar que toda la crisis económica mundial se originó en la burbuja hipotecaria que habían creado algunos bancos estadounidenses prestando plata a casi insolventes.
Me pareció interesante hacer una comparación con nuestra realidad desde la fundación de la Argentina moderna, esto es en 2003, cuando asumió NK la Presidencia y cuando según su esposa comenzó verdaderamente nuestra historia como país.
Desde el 2003 hemos vivido una burbuja, que en nada tiene que envidiar a la famosa competitividad aunque tiene algunas diferencias para los economistas, y que consiste en “hacernos creer en un montón de cosas, algunas reales otras no” que permitieron el boom consumista de los últimos años y una relativa reindustrialización de algunos sectores productivos.
Así, hemos vivido en la burbuja de las tarifas bajas de luz y gas, subsidiadas por el gobierno con fines electorales (noten que se terminaron cuando la señora del fallido cáncer ganó las elecciones), y ahora nos enfrentamos a un tarifazo que deja pininos a los ajustes con que amenazó López Murphy en el 2000 y gracias a los cuales duró una semana como Ministro, pero eso es prehistoria.
Estos tarifazos pueden llegar a convertirse en un problema bastante serio para el gobierno porque mucha gente no se la va a bancar, y aparte de los previsibles amparos, para los cuales los abogados ya están preparando la artillería pesada, no sería raro algún cacerolazo con el cual el pueblo “hará tronar el escarmiento”, como decía el General, cuando para pagar las tarifas deba dejar de cargar nafta o comer una modesta polenta con alitas de pollo, ya que a la clase media y a los jubilados no nos alcanzará para más.
Hemos vivido en la burbuja de los superávit gemelos, cosa muy buena y gracias a la cual el país pudo crecer (no se si los porcentajes que da el gobierno) pero creció. Se terminaron, no porque las exportaciones vayan a bajar muy significativamente, sino porque el gobierno no quiere o no puede bajar el gasto público. Si esta pérdida del déficit cero (no ya del superávit fiscal) no se traduce en ajustes más bravos que los que estamos viendo, será por milagro.
Hemos vivido la burbuja de las exportaciones de autos a Brasil, que poco a poco está declinando. Nuestros orificios auditivos serán chicos para meternos por allí los autos que sobren, a no ser que el gobierno arme un plan canje que por distintas razones es difícil.
Hemos vivido con la ilusión de que el consumo sin inversión era la panacea universal para todos nuestros males, y hemos comprado milanesas para todos, fútbol idem, televisores carísimos para todos, y acondicionadores de aire para todos sin poder usarlos porque no sabemos como será la cuenta eléctrica, también “para todos” y no para los que realmente pueden pagarla, como eran los proyectos originales de algunos que vieron bien la cosa, no el gobierno, por supuesto.
Hemos vivido en la burbuja de que se puede “vivir con lo nuestro”, y vuelvo al tema de las autopartes. Muchas de ellas no pueden ser fabricadas en el país por problemas de licencias, aunque siempre queda el criollo recurso de hacerlo por izquierda, como con muchas marcas de medicamentos.
En fin, estas burbujas, al explotar, no nos ensuciarán con un suave detergente como las que hacen los chicos con sus alambrecitos, sino con algo mucho más desagradable y que por respeto a mis lectores no nombraré por su designación en castellano, aunque sí en griego: “kropos”, que no es precisamente algo para comer.

 

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