domingo , 15 de diciembre, 2019

Opinión: El fútbol, su violencia y….. Por Pepe Zumarán

Sinceramente, estoy harto de la violencia en el fútbol, tanto nacional como provincial, municipal, campestre, de country, infantil, y todas las variantes que ha adquirido este deporte en la Argentina desde hace ya muchos años.
Ahora ha sido un niño de 5 años la víctima, y de ello da debida cuenta la información periodística que no transcribiré, aunque para los interesados en el tema está debidamente reseñada, con otros parecidos antecedentes de los últimos días en: www.lanacion.com.ar/1454172-un-chico-de-5-anos-recibio-un-piedrazo-en-un-ojo-cuando-iba-a-la-cancha#comentar.
El fútbol no es de por sí un deporte violento, ni que predisponga a la violencia del espectador. Es un deporte de contacto, como tantos otros (basquetboll, hockey en todas sus variantes, s/césped, sintético, patines, hielo, etc., rugby, y algunos otros que no son demasiado practicados en nuestro país).
Diría que es menos duro, en su práctica, obviamente, que el rugby y el basquetbol, y no más peligroso para los jugadores que las variantes del hockey –salvo el hockey sobre hielo que se practica en los Estados Unidos y el Canadá-¿Por qué entonces en la Argentina actual, asistir a un partido de fútbol como inocente espectador es directamente arriesgar la vida, sin hablar de los jugadores amenazados por las barras bravas ni de los árbitros, profesión peligrosa si las hay?.
Se pueden ensayar muchas respuestas, que tienen desde base sociológica hasta psicológica, médica, económica, política, folklórica, nacionalista, etc.etc. Por lo mismo, la visión será la propia del cristal con que se mira, y el mío está directamente opacado y con ganas de pedirle a algún Juez que prohíba la práctica del fútbol por un tiempo hasta aplacar las cosas, como pasó ya en otros tiempos.
Pero fuera de eso no tengo una respuesta precisa, aunque creo que hay una confluencia de causas, entre ellas el folklore futbolero de  banderas, cánticos, competencias y luchas en la tribuna a veces más interesantes que el propio partido, alcohol ingerido antes de concurrir a la cancha como espectador o luchador de tribuna, y sobre todo la permisividad del Estado y los dirigentes del fútbol, empezando por la Señora Presidente y el Señor Grondona, pope máximo de este espectáculo “deportivo”.
Si sé que hay algo preciso, incontrastable y con visos de no tener vuelta atrás; directamente ningún responsable hace nada por mejorar este aspecto de la vida nacional. Y eso es grave, porque implica que nos hemos dado por derrotados en una guerra sin siquiera librar una modesta batalla, o lo que es peor, que estos violentos estén siendo utilizados por bandas de políticos y gobernantes para mantener más aletargada de lo que está a la sufriente población argentina.
Cuando miro por TV un partido de fútbol disputado en Europa, incluso en países de cultura latina o más aproximada a la nuestra, e incluso en otros países sudamericanos, me asombra ver que el público se entusiasma, canta, agita banderas, a veces critica a gritos al referí o a algún jugador, pero rara vez las cosas pasan a mayores, y el deporte que se practica es esencialmente el mismo que se juega en nuestras canchas.
No quiero hacer comparaciones con el comportamiento del público en otros deportes, porque siempre resultan odiosas, sobre todo para la inmensa mayoría amante del fútbol, y por supuesto porque el número de concurrentes a eventos de deportes de conjunto que aún teniendo arraigo (Básquetbol, rugby, vóley, hockey, etc.) no llegan ni a la centésima parte de adeptos que registra el fútbol.
Pero no dejo de pensar en que lo triste es que algunas prácticas del espectador de fútbol se van trasladando, insensiblemente por ahora, a otros deportes a medida que estos van adquiriendo mayor popularidad, y en esto pareciera que hay una característica del comportamiento actual del hombre argentino que no debe dejar de preocuparnos.
¿Nos hemos convertido en violentos en los últimos 70 años?
A juzgar por algunas enseñanzas de la historia de las guerras de la independencia y de las luchas intestinas que culminaron en la definitiva “organización” nacional con la Constitución de 1853, ya existía una buena dosis de autoritarismo y violencia incorporada en el gen argentino. El toque “a degüello” era la práctica común de cualquier entrevero armado y los fusilamientos –entre otros muchos- de Liniers y luego de Dorrego  no resisten el menor análisis a la luz de los principios del Derecho de los conflictos armados.
Es indudable que esta violencia ha demostrado, al menos en los últimos 70 años, una poco saludable capacidad de multiplicación, cual bacteria inmune al antibiótico de moda,  que no se ve solamente en las canchas de fútbol sino también en cualquier acto político o de protesta social, o como quiera llamársela, e incluso en recintos donde la solemnidad (no la pacatería de las épocas del Centenario) ha dejado  de existir y se ha ido al otro extremo, de convertir al recinto de la Asamblea Legislativa Nacional, como ocurrió en la reciente inauguración del 130º período de sesiones, en prácticamente la tribuna de una cancha de fútbol, felizmente todavía sin piedras ni botellazos, aunque sí con los globos del Señor Moreno acusando de mentir a un conocido periódico porteño y los volantes simulando billetes impresos con la cara del Señor Boudou, nada menos que el Vicepresidente de la Nación, más la omnipresente Kámpora junto a la “pacífica” señora Hebe, esta vez acompañada del españolísimo ex juez Garzón que seguramente dentro de su salmantina u oxfordiana compostura se estaría preguntando ¿Dónde he caído?.
Si el recinto del Congreso Nacional se convierte en una suerte de cancha de fútbol donde las ubicaciones del público en general lucen como tribunas en un día de superclásico, yo diría que la cosas no andan para nada bien en la Argentina, y si en el Congreso las cosas se hacen así… ¿Cuál es la razón para no hacerlas de manera más violenta en un estadio o en sus proximidades
No es de ahora; recordemos como se anunció al Congreso y por el Adolfo que la Argentina entraba en default, allá por fines de 2001 o comienzos del 2002, y juntando ambos hechos, más otros por supuesto, analicemos seriamente si estamos en condiciones de asimilar a los 3000 habitantes de las Islas a esta especie de “anticultura”, que se ha generado en la Argentina de los últimos 70 años.
Mientras tanto, el niño que inspiró estas líneas corre riesgo de perder para siempre la visión en su ojo derecho. ¿Lo pensamos un poco?

Hasta la próxima

 

 

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