viernes , 18 de octubre, 2019

Nota editorial: Lo que dictan

Todos los partidos de Córdoba ya tienen sus candidatos en la calle. El 11 de agosto espera a algunos, otros en cambio irán directo a las “finales” de octubre.

El justicialista Juan Schiaretti y el radical Oscar Aguad deben inevitablemente transitar el camino de las PASO (Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias). A partir de allí todo es especulación en los candidatos. De ambos se especula con las distintas opciones que puedan generar esa oportunidad pero, por más agudo que intente ser el análisis que realicen los “especialistas” de campaña, no hay nada que pueda convencer a políticos avezados como Aguad o Schiaretti de tener que atravesar dos elecciones para ocupar el mismo cargo. “Es como tener dos peleas por el mismo título”, dijo con cruda sinceridad un dirigente radical el sábado, luego de que el Congreso partidario avalara la decisión de posibilitar un nuevo mandato al diputado nacional Oscar Aguad.

Los dos candidatos con mayores chances de ganar la elección paradójicamente deberán competir internamente con listas que tienen escasas posibilidades de ganarles. En un proceso interno como el que regía antes, un acuerdo más o menos bueno con el oficialismo partidario (ya sea justicialista o radical), era preferible a enfrentar sin recursos en una interna a la mayoría. Eso, es lo que destacan los defensores de las PASO, que han contribuido a mejorar la democracia interna de los partidos.

Pero nadie puede dejar de ver el contexto en que fue impulsada esta legislación. Nestor Kirchner, en vida, impulsó la llamada “transversalidad”, que no era otra cosa que coptar dirigentes para que abandonen sus partidos, no para fundar nada nuevo sino simplemente para seguirlo. Julio Cobos puede dar cuenta de ello. Nadie puede entonces ser juzgado por pensar que las PASO en su intención de profundizar la democracia interna, terminó debilitando a los partidos.

Ya largaron en esta etapa. El problema de Schiaretti no es Martín LLaryora, sino el porcentaje de votos que saque él mismo, ya que será el parámetro con que se le adjudique lugar de largada en la final por parte de los comunicadores y la gente en general. 

En igual sentido, Miguel Abella no es el problema de Aguad, sino las críticas que pueda recibir por parte de sus correligionarios. Se sabe que los radicales son impiadosos con sus propios correligionarios. El temor de Aguad es tener que enfrentar una general donde sus adversarios levanten cosas dichas por los hombres de su propio partido en la interna.

Desde una platea preferencial, el gobernador José Manuel de la Sota y el intendente capitalino Ramón Javier Mestre observan el escenario. Ellos también arriesgan y mucho. El primero necesita un triunfo como colorario de una buena gestión para su proyección nacional. Para eso no sólo ha puesto todo el aparato partidario atrás de Schiaretti sino que cerrará el año gastando en publicidad oficial (propaganda de su gestión) prácticamente el equivalente a una autopista Córdoba-Alta Gracia.

Mestre, en tanto, terminó aceptando e impulsando un candidato que él nunca hubiese querido: Oscar Aguad. En los últimos 30 días se encargó personalmente de alinear a los intendentes detrás de la figura de Aguad y sus hombres jugaron decididamente con la candidatura del actual diputado nacional. Lo que no pudo hacer Mestre, a diferencia de De la Sota, es alinear el aparato partidario. En la Capital, el dirigente Miguel Nicolás (paradójicamente, el primer impulsor de Aguad) no va a participar en la interna, algo que se sentirá a la hora de movilizar el aparato partidario y, en el sur de la Provincia, Abella ha logrado sublevar a muchos dirigentes tras su candidatura, principalmente el intendente de Río Cuarto, Juan Jure.

Pero “otros candidatos” aún no han largado del todo y no pertenecen a ningún partido. Son los consultores, especialistas en campaña, publicistas y demás que, como en las viejas ferias, llegan con sus carruajes cargados de mercadería, toda alineada con la última moda. Son quienes le dirán a sus candidatos lo que deberán decir, cómo y en qué momento, algo que habla a las claras del nivel de espontaneidad de los políticos de hoy.

Pero por primera vez tienen una dificultad, todos los dirigentes y los partidos, salvo el justicialismo, han comenzado a quejarse de sus costos y honorarios, que lógicamente no son bajos. El cliente de una campaña legislativa tiene mandato por cuatro años y no hay posibilidad desde el Congreso conseguir contratos con el Estado, por lo que es un cliente que por un tiempo no vuelve a serlo y eso se hace notar al momento de fijar honorarios.

Los consultores en el fondo saben que han generado una dependencia con la política contemporánea, que difícilmente se pueda pensar en prescindir de ellos.

La semana pasada en un pintoresco lugar recuperado de la ciudad de Córdoba, un hombre que suele ser consultado por el oficialismo provincial lo resumió en pocas palabras: “Nosotros hacemos el trabajo que nadie sabe hacer, en el justicialismo decían que el fuerte de ellos eran los gringos del interior y no se habían percatado que a su candidato le dicen Gringo desde siempre”. Luego, analizando la realidad de los otros partidos fue contundente: “¡Si no existieran las encuestas, ustedes creen que los radicales lo hubiesen hecho candidato a Aguad!”

Los cordobeses comienzan a ser invadidos por mensajes y pirotecnia de campaña, pero paciencia aún no han desembarcado “los otros” candidatos, que son los que dirán lo que hay que decir.

 

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