martes , 22 de octubre, 2019
Cristina-Kicillof

Nota editorial: Entre hipocresías y ausencias

Hipocresías

En Argentina como seguramente en la mayoría de las sociedades, la política no es lineal y mucho menos los son sus protagonistas. Correrse de una posición a otra es casi una nimiedad comparada con el cambio de partido político, en algunos casos, después de ganar una elección. Los medios que reflejan la política sufren los mismos vaivenes que la misma, simplemente porque son parte de ella: Cronica la política diaria, convierte a quien lo hace en parte de “esa” realidad política.

Correrse de posición, o simplemente decir todo lo contrario a lo que se ha dicho antes, no es pecado de deshonestidad intelectual pero al menos merece alguna explicación para no incurrir en una mera hipocresía.

Entre el 2000 y el 2001 aparecieron por primera vez, al menos con intensidad, los escraches en Argentina. El malhumor social que había generado el llamado “corralito financiero” potenció la desilusión que la gente tenía con el gobierno de Fernando De la Rúa. Diputados, senadores, concejales y políticos, debieron abandonar la costumbre de comer en un restaurant o simplemente tomar un café en un bar, ya que el peligro de ser reconocidos los dejaba a merced de golpes de cubiertos contra las copas, palmas o cualquier otro ruido al alcance de los concurrentes, que sólo se detenían cuando el identificado abandonaba el lugar.

En aquel entonces, algunos comunicadores expresaron que la dirigencia política estaba recibiendo un “baño” de  realidad, que tenían la obligación de entender el enojo de sus votantes, incluso hasta se hizo famosa la frase “que se vayan todos”, nunca institucionalizada por nadie pero puesta en boca de muchos por parte de varios comunicadores. Aquel grave peligro institucional de pedir elecciones generales en todos los pueblos se legitimaba para algunos, en virtud que era una expresión espontánea de la gente.

Hace unos días el vicepresidente de la Nación Amado Boudou, fue silbado en un acto público. Luego, Alex Kicillof debió concluir un viaje en ferry en la cabina del capitán porque fue abucheado y silbado por quienes viajaban junto a él.

No es la solución de los problemas, ni habla de una democracia madura, hacer que los funcionarios públicos deban abandonar bares o barcos. Pero estos hechos no son muy distintos a los ocurridos en los últimos días del gobierno de De la Rúa, por eso llamó la atención que comunicadores, que de alguna manera justificaron la aparición de los escraches, en este caso fueran reflexivos y descalificaran los escraches en particular el de Kicillof.

¿Qué cambió en la Argentina desde la caía dela Alianza hasta ahora? Quizás, simplemente que la gente ahora escracha a aquellos con quienes se desilusionan o molestan, no sólo con los políticos. ¿Será el miedo al día de mañana ser escrachados que llevó a algunos pedir la moderación que no tuvieron antes?

Ni siquiera cuando el diputado nacional Agustín Rossi recibió una cascada de huevazos en su provincia natal fue motivo de reflexiones, cuando en realidad a Rossi sólo había para reprocharle haber sido coherente con su discurso en la defensa de una medida tomada por su partido. Kicillof en cambio nunca fue votado por nadie y sus modos resultan agresivos y amenazadores, él es uno de los cultores de un modelo que expresa: “Si no estás conmigo, sos mi enemigo”.

Los escraches no son el camino ni mucho menos la solución, sólo que hay algunos que no resisten la menor supervivencia en la sociedad, como el mamarracho que impulsó Eve de Bonafini hace unos años cuando expusieron los rostros de reconocidos y prestigiosos comunicadores para ser escrachados. Otros en cambio tienen sustento en sensaciones sociales espontáneas como el abucheo al juez federal Norberto Oyarbide en una cancha de tenis o el mencionado caso de Kicillof. Lo deseable es una sociedad donde nadie sea escrachado por cómo piensa, pero que también nadie sienta que hay un manto de “impunidad” sobre quienes les deben rendir cuentas.

Ausencias

Hace algunas horas, se conoció que un testigo clave de la tragedia de Once fue asesinado. La tragedia de Once pondrá en el banquillo de los acusados a quienes tenían responsabilidad operativa, quienes ganaban dinero con el transporte ferroviario y hasta los responsables políticos del área.  Simplemente porque el Estado no puede desentenderse de cómo se prestan los servicios públicos, del mismo modo que no debió desentenderse del cuidado de testigos considerados claves.

Las provincias de Buenos Aires y Córdoba fueron conmovidas por dos hechos dramáticos. En Buenos Aires funcionaba un jardín de infantes donde las maestras maltrataban niños hasta un extremo inimaginable, un padre convertido casi en un personaje de película de espías, debió colocar un grabador en la mochila de su pequeña hija para hacer lo que el Estado no hizo: Controlar.

En Córdoba, en tanto, el joven Juan Briski perdió la vida inexplicablemente al caer por una barranca adyacente a un boliche de moda. En las primeras horas y hasta ahora, existen las más variadas hipótesis de cómo ocurrió el accidente. Pero hay dos certezas: La primera que existe una diferencia muy grande en las exigencias que ponen unas ciudades con respecto a otras (en muchos casos limítrofes) para habilitar locales nocturnos. La segunda certeza es que el Estado no puede en este caso desentenderse. Algunos han llegado al extremo de endilgarles responsabilidades a los padres respecto del cuidado de sus hijos, padres que pagan impuestos al Estado nacional, provincial y municipal, para que ejerzan los controles necesarios. Algo no está bien cuando los padres viven en una ciudad que tiene determinadas exigencias para la habilitación de locales nocturnos pero sus hijos concurren a divertirse a la ciudad de al lado.

No es responsabilidad de los padres inspeccionar jardines de infantes o boliches, es el Estado quien debe hacerlo. Si bien tiene una envergadura absolutamente distinta la tragedia de Once con lo ocurrido en el jardín de infantes y en el boliche cordobés, también en estos casos deberá quedar en claro  qué responsabilidad tuvo el Estado y sus funcionarios.

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