lunes , 9 de diciembre, 2019
Marcha del Silencio

Nota editorial: El ladrón ve en el prójimo su propia condición

Quizás más de un dicho criollo sea aplicable para entender la realidad política del país y, en particular, la del oficialismo. Sin ir más lejos, al Senado de la Nación sería aplicable aquello de que “quien se quema con leche ve la vaca y llora”, ya que más de uno de sus habitantes fue protagonista del empujoncito que en 2001 obligó a un gobierno a renunciar frente a las movilizaciones callejeras de aquel entonces.

El oficialismo cerró esta última semana sin dejar a nadie que no piense como ellos con el rótulo de cómplice de una conspiración que nadie termina de explicar. Tratar de relativizar la realidad haciendo foco en quien la expresa es transitar un camino que va desde lo perverso del razonamiento, a la ingenuidad de pensar que haya alguien que pueda arrojar la primera piedra de la ausencia de pasado.

Miles de personas concurrieron a la marcha convocada por los fiscales en homenaje a Nisman. Tratar de minimizar el número es un ejercicio tan inútil como lo sería si alguien tratara de contar que fue multitudinario un acto que nadie vio. No importa cuántos fueron a la marcha, a la gente le quedó la sensación que fueron miles y la gente la valoriza porque la siente propia.

Por supuesto, que sus convocantes tienen responsabilidad en la calidad institucional que tenemos, pero también la tiene el gobierno, y también la tienen los principales dirigentes de la oposición y los gremialistas y los empresarios, y la lista sigue.

Todos tienen pasado y contradicciones. Lo que legitima una convocatoria es la razón que convoca, quiénes la firman es una anécdota.

Han existidos muchas marchas y movilizaciones para expresar protestas, algunas muy numerosas y otras no tanto, pero hay que buscar muy cuidadosamente movilizaciones que fueran en defensa y no en contra.

Durante la presidencia de Raúl Alfonsín, se produjo la tristemente célebre rebelión de Semana Santa, protagonizada por militares en actividad que no querían que la justicia citara a oficiales por los crímenes de la dictadura. La gente en todo el país copó sus plazas, no para protestar contra los militares, sino para defender la democracia.

El kirchnerismo no supo ver ahora, justamente, que la marcha de los fiscales no era “en contra de”, sino “a favor de”. En este caso, fundamentalmente a favor de la verdad y por una justicia fuerte.

El salto cualitativo más extraordinario dado por nuestra sociedad está dado por un lado porque no salió a la calle a reclamar por sus depósitos o para canalizar bronca, marchó simplemente para que no haya impunidad.

Y por otro lado, quizás el más importante, es que ya nadie pide “retoques” a la democracia ni que se vaya un gobierno,simplemente pide un justicia fuerte e independiente, lo cual no es poco.

El oficialismo no puede escapar a su naturaleza política, ni la Argentina a su karma donde todavía existe la sensación que los radicales en el gobierno siempre esperan que el partido termine antes, mientras el peronismo (que no tolera esperar e sentado en el banco) siempre sueña con jugar un poco más del tiempo reglamentario.

Quizás por eso, por su propio pasado hay quienes en la oposición vean fantasmas que hablan de cristinismo más allá del 10 de diciembre y quienes desde el oficialismo vea en cada marcha un oscuro movimiento tendiente a desestabilizar un gobierno y forzar su salida anticipada. Nuestras abuelas seguramente resumirían su análisis a aquello de que “el ladrón ve en el prójimo su propia condición”.

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